DESDE YA TE EXTRAÑO  

Publicado por Lic Luis Lira

Desde ya te extraño
princesa
y en la lejanias
de todos mis diciembres
cuando la niebla cubre mis ojos
desando encontrar tu rostro
en la luna,
en la estrellas
te respiro en mis adentros
te siento viva dentro de mí
porque ahi estas
aunque tu cuerpo te traslade
a las tierras miticas del norte
tu recuerdo permanece en este delgado cuerpo
que te abarza
y te aferra a su corazon...

Jumer, como traicionar a mi corazon
a mis ojos
a mis manos?
Cómo?
Portarme bien desde el bien en sí
el Amor
que es Dios
Traicionar este Amor es asesinar mi alma
que suele ser inmortal
dibuja el sonido de una lagrima
cuando cae
si lo consigues
te he olvidado
pero mi reina date cuenta
que es imposible
cuando tu tatuaje tapiza todas mis visiones.

Te espero princesita
te espero
y caundo vuelvas sentada en una nube
podre respirar de nuevo.

Luis Lira

Barack Obama Premio Nobel a la paz  

Publicado por Lic Luis Lira

Barack Obama, se convierte hoy en el presidente estadounidense mas joven en recibir el premio Nobel a la paz, con apenas 37 semanas de gobierno ha demostrado un temple merecedor de este reconocimiento. No tardaran las criticas de aquellos que la palabra paz no le es familiar.
Cuándo comprenderemos que la paz ahora se traduce en justicia social, como bien el papa Juan XXIII (q.e.p.d) lo había dicho, la búsqueda de la paz debería ser el bien máximo a alcanzar, gobernar desde la igualdad de oportunidades, sin distinción social, política ni religiosa.
Pero lastimosamente muchas mentes calunterientas gobiernan nuestra sufrida región latinoameriacana, Mesías en combate perpetuo, represiones a la libertad de expresión, favoritismo por los sectores que les apoyan, incluso discursos que llaman a la confrontación de los hermanos.
Basta ya.
Hermanos, esperemos que este baluarte recibido hoy por el presidente estadounidense, sea el deseado por sus homólogos. Termino diciendo la oración de confianza que Dios en boca de María proclama en Lc 1, 46-55 aquella esperanza que da al pueblo de hoy y que en el concierto pasado de la hermana Glenda lo recordamos con amor.
"Dios hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes" Amén!!

Saber la verdad  

Publicado por Lic Luis Lira

Cierta vez, un instituto de salud mental hizo un experimento para determinar qué influencia tiene la verdad sobre el estrés humano. A cuatro grupos de soldados se les asignó la misma marcha rápida. La única diferencia entre cada grupo fue la verdad que se le dijo respecto de la marcha.

Al primer grupo se le declaró toda la verdad antes de empezar el recorrido. Al segundo grupo se le ordenó caminar 14 kilómetros, pero luego se le agregaron 6 más. El tercer grupo recibió diferentes informaciones durante la marcha, y el cuarto no recibió ninguna. ¿Sabe qué grupo obtuvo el más bajo nivel de estrés al final del experimento? ¡El primer grupo! ¿Por qué? Se llegó a la conclusión de que su esperanza quedó viva, sabiendo la verdad, lo que disminuyó la producción de hormonas dañinas creadas por el estrés mental.

El mayor estrés del ser humano se debe a no saber lo que le va a ocurrir, especialmente después de la muerte. La Escritura dice que Dios nos ofrece toda la verdad en su Hijo Jesús, quien es “la verdad”. Y el Señor nos asegura: “En la casa de mi Padre muchas moradas hay… voy, pues, a preparar lugar para vosotros… vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo” (Juan 14:2-6).

Ninguno de nosotros debe estar estresado por no saber adónde irá después de su muerte. Nadie tiene excusa, porque la Palabra de Dios nos declara que si creemos en el Señor Jesús como Salvador personal, somos salvos de la ira venidera.

Lo siento, no soy creyente  

Publicado por Lic Luis Lira

Ahora llegaría el momento de decir en qué cosas no creo pero me falta el valor
Autor: Enrique Monasterio | Fuente: Fluvium.org

¿Es usted creyente?

A uno ya nadie le pregunta estas cosas. Claro que, siendo sacerdote y vistiendo como tal, la fe se te nota enseguida. Los curas, como los taxistas, necesitamos atrapar clientes al vuelo, y es útil que nos reconozcan desde lejos. No sé cómo no lo comprenden algunos colegas, ilustres y piadosos por otra parte. Si no fuese demasiado pintoresco, yo me colocaría en la cresta una lucecita verde.

El caso es que, como iba diciendo, ya nadie me interroga sobre mis convicciones religiosas. Es una pena, porque, si un día me preguntaran por la calle ¿es usted creyente?, con toda sinceridad y con ánimo de escandalizar sólo un poquito, respondería:

Por supuesto que no.

Sería una forma, como otra cualquiera, de decir que uno es católico, ya que, en esta sociedad moderadamente pagana y laicista, los cristianos nos distinguimos de los que no lo son, no tanto por lo que creemos, como por aquellas cosas en las que no nos da la gana creer.

El paganismo sí que ha sido y es creyente; incluso crédulo, supersticioso, idólatra, devotamente asustadizo ante las fuerzas ocultas que imagina sepultadas en lo hondo de las alcantarillas. El paganismo prescinde del Dios que da racionalidad y sentido a cada una de las criaturas, olvidando que al principio no existía el caos, sino el Verbo, la inteligencia divina que todo lo abarca y penetra. Sin ella el universo se torna opaco, irracional, esclavo de extravagantes poderes que nadie controla. De ahí que el pagano recurra a dioses de bisutería, a conjuros, amuletos, horóscopos y demás ansiolíticos en oferta para aplacar sus inevitables ataques de pánico. Lo decía Joseph Ratzinger años antes de ser elegido Papa: el mundo sin su Creador se convierte en un lugar muy peligroso.

Pero el laicismo es otra cosa ¿O no?

No, mi querido Kloster. El laicismo, al menos en teoría, expulsa de la sociedad a todos los dioses. Los tolera como se toleran las enfermedades infecciosas, pero toma medidas: procura ponerlos en cuarentena para evitar contagios. El laicismo da por supuesto que la fe se sitúa en el ámbito de lo irracional, de lo que nunca debe inficionar el mundo del pensamiento, de la cultura o de la ciencia.

Lo que ocurre es que, a la postre, también el laicismo necesita sus propias creencias. Y este laicismo, versión siglo XXI, ha creado un elenco interminable de dogmas políticamente correctos que se presentan a sí mismos como artículos de fe civil, se proclaman por todos los medios y cristalizan en frases-tópico que todo buen demócrata debe repetir de vez en cuando y aceptarlas religiosamente si no quiere ser anatemizado por los inquisidores y enviado a las tinieblas de la reacción y el fundamentalismo.

Por eso digo que no soy "creyente" ni estoy dispuesto a serlo. No puedo creer en las majaderías del paganismo, y me revientan aún más las pedanterías dogmáticas del relativismo militante. Quizá en un próximo artículo me anime a explicar con más detalle por qué la tengo tomada con la palabra "creyente". Baste decir este mes que sólo pretendo ser una persona juiciosa: creer con toda el alma en Dios y en muy pocas cosas más, porque eso es lo sensato; ser consciente de que la fe es un don recibido, desde luego, pero un don razonable al decir de San Pablo, que enriquece la inteligencia y ayuda a pensar por libre.

En todo caso no un sentimiento, ni una neurosis. Al laicismo le encanta hablar del respeto a los "sentimientos religiosos". Ya se ve que el laicismo es sensiblón y compasivo. Pero a las 6 de la mañana uno anda escaso de ese tipo de sentimientos y no por eso deja de ser cristiano.

Ahora llegaría el momento de decir en qué cosas no creo; pero me falta el valor. Temo que mis lectores se rasguen las vestiduras, y no está el tiempo para andar muy ventilados.

hermana Glenda, Gracias al Espiritu estubo con nosotros.  

Publicado por Lic Luis Lira


Que palabras puedo decir para la gira de conciertos de la Hermana Glenda
... Precioso?...
... Espiritual?...
Únicos...?
No encuentro los apelativos convenientes para demostrara la vibra que dejó en mí aquellos cantos angélicos...
Nada es imposible para ti, según nuestra cantante nica maría elena, fue la letanía que escucho en su estado de coma, nada imposible para ti, porqué tengo miedo?
El Espíritu descendió sobre todos, y la voz inaudible, aquella que se reserva en el silencio cantaba al oído a los cientos que nos congregamos no al rededor de una mujer, al rededor de un Dios que usa a sus elegidos para comunicarse con nosotros y glenda es uno de esos heraldos.
Gira que Gira y seguimos siendo transformados por el ser que nos ama, nuestro Dios Alfarero, nuestro Dios libertador.
Nicaragua vivirá, resurgira, los tiranos caerán y, como Dios lo promete a traves de María en el Magnificat los justos se levantaran.
Por eso Proclama mi alma, junto con Glenda.

Gracias Espíritu Santo, Gracias por inspirar nuevos profetas en cada generación.

 

Publicado por Lic Luis Lira

Las columnas del mundo  

Publicado por Lic Luis Lira

Atrevámonos por unos minutos a coger nuestra vida por las solapas .

Me parece terrible decirlo, pero creo que no exagero ni un átomo si aseguro que noventa y cinco de cada cien habitantes de este planeta no se han preguntado jamás -digo «jamás»-- completamente en serio -digo «en serio»-- cuáles son las columnas sobre las que se apoya su vida, cuál es el eje de su existencia, para qué viven verdaderamente.
¿Y de los otros cinco?
Dos se lo preguntaron una vez hace años, y ya lo han olvidado; otros dos se dieron a si mismos respuestas tranquilizadoras, que luego no coinciden en nada con la realidad de lo que viven.

¿Y el último? El último... iba a decir que es el santo, pero diré con más exactitud que es el único hombre que existe de cada cien que pisan este mundo.


Me temo que el lector esté pensando que comienzo estas líneas demasiado duramente, que soy tal vez pesimista, que... no es para tanto. Pero me pregunto si no será bueno comenzar cogiendo el alma por donde quema y enfrentándonos con nuestro propio espejo.
¿Somos realmente seres vivientes? Esta, creo, es la primera y capital de las preguntas a que todo hombre tiene obligación de responder.
Porque ¿qué ganaríamos engañándonos a nosotros mismos si, al final, somos corresponsables de esa mediocridad colectiva del mundo de la que tanto hablamos? Atrevámonos por unos minutos a coger nuestra vida por las solapas. Y empecemos por preguntarnos cuáles son, en realidad, las columnas que sostienen el mundo en que vivimos.
Haced esta pregunta por las calles, y todos os responderán -con impudicia y sin la menor vergüenza- que «el sexo, el dinero y el poder».
Los tres ídolos, los tres quicios, las tres columnas que sostienen el camino de la humanidad. ¿Y no estará el mundo tan enloquecido precisamente por apoyarse en tales pilares casi con exclusividad?
Un hombre de hoy triunfa -decimos- cuando tiene esas tres cosas. Y está dispuesto a luchar como un perro por esos tres huesos si están lejos de él.


Naturalmente, no voy yo a decir nada contra la sexualidad, que está muy bien inventada por Dios como uno de los grandes caminos por los que puede expresarse el amor. Hablo aquí del sexo sin amor, que parece ser el gran descubrimiento de los tiempos modernos. Tal vez de todos los tiempos, pero de ninguno con los tonos obsesivos que la erotización ha conseguido en el nuestro, hasta el punto de que hay que preguntarse si no vivimos ya en una civilización de adolescentes inmaduros.
El hombre de hoy no es que disfrute del sexo, es que parece vivir para él. O eso, al menos, quiere hacernos creer el ambiente de nuestras calles, las pantallas de nuestros televisores, el pensamiento circulante de los predicadores de la libertad sexual.

Léon Bloy podría decir hoy más que en su siglo que para el hombre real la mayor de las bienaventuranzas es llegar a morir en el pellejo de un cerdo. ¿ Pero hay algo menos libre que lo que llaman la libertad sexual? No estoy escribiendo estas líneas como un «moralista». Simplemente como un hombre preocupado.
Porque creo que Unamuno tenía toda la razón del mundo cuando aseguraba que «los hombres cuya preocupación es lo que llaman gozar de la vida -como si no hubiera otros goces- rara vez son espíritus independientes». Es cierto: no hay hombre menos humano que el libertino.

Y ese tipo de conquistador se presenta hoy como el verdadero «triunfador» en este mundo.

La columna número dos es el dinero -y sus congéneres o consecuencias: el placer, el confort, el lujo-. Si algún dogma vivimos y practicamos es éste: el dinero abre todas las puertas; el dinero no es que dé la felicidad, es que él mismo «es» la felicidad. En conquistarlo invierten los hombres la mayor parte de sus sueños. A él se subordinan todos los valores, incluso por parte de quienes se atreven a predicar las terribles malaventuranzas que Jesús dijo contra los ricos.
Pero los propios cristianos nos las hemos arreglado para que aquello del evangelio -«es más difícil que un camello pase por el ojo de una aguja que el que un rico entre en el reino de los cielos»-- haya preocupado hasta ahora mucho más a los camellos que a los ricos. Hemos conseguido sustituir esa frase por la que es verdaderamente el evangelio del siglo XX: «Los negocios son los negocios.» Y así es como hemos convenido todos en que «el fin de la vida es ganar mucho dinero, y con él, comprar la muerte eterna», como escribiera Bloy.
Y de nada sirve para alterar nuestro dogma el comprobar que el dinero da todo menos lo importante (la salud, el amor, la fe, la virtud, la alegría, la paz): al fin preferimos el dinero a todos esos valores. E incluso creemos que el dinero da la libertad, cuando sabemos que todos renunciamos a infinitas cotas de libertad para conseguirlo.

Más difícil es aún entender nuestra obsesión de poder. Jefferson aseguraba que jamás comprenderla cómo un ser racional podía considerarse dichoso por el solo hecho de mandar a otros hombres.
Y, sin embargo, es un hecho que el gran sueño de todos los humanos es «mandar, aunque sea un hato de ganado», que decía Cervantes.
Sabemos que nada hay más estéril que el poder -ya que a la larga son las ideas y no el poder quienes cambian el mundo--; sabemos que «el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente», pero apostamos por esa corrupción; sabemos que el poder da fuerza, pero quita libertad; pero nos siguen encantando los puestos y los honores aun cuando estemos convencidos de que «la fuerza y el miedo son dos diosas poderosas que levantan sus altares sobre cráneos blanqueados», en frase de Mika Waltari. Mandar, mandar. Seremos felices, pensarnos, el ella en que los que están bajo nuestra férula sean más que aquellos que nos mandan.
Y ni siquiera observamos la terrible fuerza transformadora que el poder tiene: «Te crees liberal y comprensivo -decía Larra-. El día que te apoderes del látigo, azotarás como te han azotado.»
Y es que el poder -todo poder- vuelve incomprendido (de ahí la soledad radical del poderoso) y hace incomprensivo: un poderoso no «puede» comprender, no «puede» amar, aunque se engañe a sí mismo con falsos paternalismos.
Maurois tuvo el coraje de confesarlo: «Cuando empecé a vivir en el campo de los que mandan, me fue imposible durante mucho tiempo comprender las penas de los que son mandados».
Porque todo poder lleva en su naturaleza la ceguera del que lo posee. Desde abajo se ve mal. Desde arriba no se ve nada: la niebla del orgullo cubre el valle de los sometidos.
Y, sin embargo, ahí está el hecho: la humanidad entera vive luchando como una jauría de perros por conseguir esos tres huesos, dispuestos los hombres a volverse infelices para conseguirlos, seguros de que la felicidad llegará cuando los poseamos. Así, destrozan los hombres hasta su salud para conseguir un dinero y un poder que luego gastarán para recuperar -cuando ya sea tarde- la salud.

En la conquista de esos tres dogmas se apoya el gran sueño de lo que llamamos «vivir la vida». Viven la vida quienes los tienen. Los demás -pensamos- son hombres incompletos.

Y como esos tres dogmas se resumen en uno --el egoísmo--, la búsqueda de los tres es, en rigor, una lucha contra los demás. Porque no son cosas que se puedan compartir: o las tengo yo o las tienen los demás. Habrá que arrebatarlas. Y ya tenemos el mundo convertido en una selva. Si fuésemos del todo sinceros confesaríamos que es cierta la afirmación de Bloy: «Vivir la vida consiste en adueñarse de la ajena. Los vampiros estarían de acuerdo», ya que en realidad «uno vive su vida cuando ha conseguido instalarse en el firmísimo propósito de ignorar que hay hombres que sufren, mujeres desesperadas, mitos que mueren.
Uno vive su vida cuando hace exclusivamente lo que es grato a los sentidos, sin darse querer darse por enterado de que en el vasto mundo hay almas y que él mismo tiene una mísera alma expuesta a extrañas y terribles sorpresas».

Pero ¿existe verdaderamente un alma? ¿Tenemos verdaderamente un alma? ¿Quién piensa en ella? ¿Quién dedica a su alma y a las columnas que la sostendrían al menos una décima parte del tiempo que vivimos sobre la tierra?

Esta es, me parece, la pregunta verdaderamente decisiva: ¿Hay sobre la tierra otros valores por los que valdría ciertamente la pena de vivir? ¿Otros valores con los que podríamos ser felices? ¿Otras columnas sobre las que nuestra condición humana sería diferente?


Este artículo quiere apostar por una idea absurda: si los hombres, si al menos muchos hombres, construyeran sus vidas sobre columnas diferentes -el amor, la solidaridad, el trabajo, la confianza, la justicia, la sencillez- este mundo sería diferente. Y vividero. Comenzaría a romperse esa soledad que nos agarrota. Ingresaríamos en el mercado común de la felicidad.


Porque es terrible pensar con cuánta tozudez seguimos apoyándonos en las columnas que son la verdadera causa de nuestra desgracia.

Autor: José Luis Martín Descalzo | Fuente: Razones para el amor
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frase del dia

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